Detalles

Uno de los más fascinantes atractivos de la música del barroco es su inagotable fondo de riquezas. Puedes darle mil vueltas a cualquier composición, la que sea, y siempre te verás gratamente sorprendido. Repasar sus contornos melódicos, la progresión de sus armonías, la ornamentación en la repetición de algún pasaje vocal, el desarrollo del bajo cifrado o el color de la instrumentación escogida para el continuo, cualquiera puede ser el detalle sobre el que te detengas y nunca dejarás de conmoverte con la obra de los grandes maestros.

Por ejemplo, el Op. 2 de George Frideric Handel, al que tengo por muy principal, de una belleza sin límites y que suelo visitar con regularidad, sobretodo si la ejecución corre por cuenta de un notable ensamble responsable de una de aquellas celebradas versiones. Nunca me canso de escuchar esas sonatas, aunque a estas alturas puedo describir casi de memoria sus formas y motivos, señalar si son tratadas o no con el estilo adecuado, si algún músico incurre en notas falsas, si los solistas carecen del ingenio necesario para enfrentarlas o si han dado con una lectura reveladora. Al menos para mí, gran parte del encanto de volver una y otra vez a estas piezas está en el placer de ir dejándose maravillar con todo lo que esconden esas partituras delineadas a mano hace siglos y que son traducidas ahora por los conjuntos modernos bajo los adecuados preceptos historicistas.

Algo similar con lo que sucede con el vino. Yo suelo maridar esas sonatas con un syrah, alguno de mis preferidos, pero asimismo dejo el espacio suficiente para otras etiquetas, sobre todo aquellas que me han seducido en el último tiempo, como es el caso de Alto los Toros 2008 de la viña De Martino. Un increíble single vineyard proveniente de las extremas alturas del Valle del Elqui que he podido degustar en reiteradas ocasiones, pero que aún con cada nuevo descorche me sorprende con otro guiño que añadir a esa potente boca, deliciosa fruta negra, sabores terrosos, furiosos taninos, toques especiados y profundos a chocolate, su inmensa estructura, grato frescor y persistente final.

Porque la música y el vino comparten esa cautivante particularidad de ser una inagotable fuente de nuevas sensaciones. Por mucho que volvamos a nuestras cepas o etiquetas predilectas, a los pasajes musicales habituales o los intérpretes más célebres, es de esperar que éstos nos aguarden con alguna inesperada “nota”. Puede ser la temperatura de ese día en especial o la que acompañó a la vendimia de una cosecha superlativa, la genialidad de un instrumentista o la sabiduría de un versado concertino, la inspiración del enólogo o quizá nuestro estado de ánimo. Lo que sea, pero es lo que nos hace reincidir en los mismos placeres una y otra vez, todos esos detalles que siempre quedan por descubrir.

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George Frideric Handel (1685-1759) – Andante de la Sonata N° 1 Op. 2
Sonatas in several parts
L’assamblée des honnestes curieux
Zig Zag Territoires, 2007

[fotografía por Pablo González R.]