IDENTIDAD

identidad

La actividad se llevó a cabo a comienzos de 2013. Pablo Morandé y su hijo, también llamado Pablo, nos invitaba a conocer sus viñedos del Fundo Santa Elena, emplazado entre los lomajes del secano interior de San Javier, Valle de Loncomilla, región del Maule, y a degustar todo tipo de vinos nacidos de aquel terruño, inclusive algunas de sus nuevas etiquetas para Bodegas RE, en pleno proceso de crianza. Viaje en tren, extenso y reponedor desayuno bajo los árboles, larga caminata entre las hileras de vetustas parras de secano, degustación de bayas, cata de vinos, almuerzo campestre -deliciosamente regado y a la vez amenizado por el canto tradicional de la señora Morelia, uno de aquellos personajes pícaros y espontáneos con más anécdotas en su haber que las de todos los comensales reunidos en la mesa- y una distendida sobremesa con los respectivos bajativos y cigarros.

Una jornada redonda, notable, en que brilló la generosidad sin límites de los anfitriones y en la que cada detalle fue atendido con el cariño tan propio de la gente del sur. Una jornada que con seguridad quedará largamente registrada en nuestras memorias y sentidos, por todo lo antes descrito y además por un singular acontecimiento que marcó el clímax de esta reunión de amantes del vino, cuando fue el momento de la degustación, ejercicio que al menos para mí devino como sorprendente y revelador.

carignan con carignoAllí sobre el mesón de madera lucían, y es este un detalle de no menor importancia, diversas botellas sin etiquetas, desprendidas de toda suerte de investidura que pudiese condicionar nuestra apreciación y juicio. Botellas desnudas y contendoras de toda suerte de jugadas solitarias y novedosas combinaciones: Sangiovese, Cabernet Sauvignon, Syrah, Carignan, Garnacha, Moscatel, algunas mezclas tintas, inclusive con variedades blancas mediterráneas como la Marsanne y Roussanne. Pero no sólo vinos firmados por los anfitriones, Pablo Morandé, padre e hijo, sino que también de otros viñadores que arribaron sorpresivamente a esta pequeña fiesta: Ricardo Baettig y Andrés Sánchez, ambos con botellas bajo el brazo, botellas también sin mayores indicaciones que un improvisado rayado que solamente señalaba cepaje y el año de cosecha, nada más. Vinos todos provenientes del mismo entorno maulino, pero elaborados a través de los más diversos procesos y técnicas: entre viejas ánforas de greda, modernas y gigantes tinajas de concreto, barricas, fudres, largas maceraciones, fermentaciones tradicionales y en algunos casos malolácticas eternas. Sabiduría e innovación, pasado y presente. Botellas en las que confluía no sólo el concepto de terruño y todo lo que ello conlleva, sino también, he aquí lo noble y bello de esta experiencia, una parte de nuestra tan menospreciada historia, nuestra tan perdida identidad. Sí, identidad.

En aquellos caldos, que traspasaban el prejuicio de una marca o línea de vinos, por más que uno al consultar algunos detalles fuese rápidamente capaz de situarlos en los respectivos portafolios de cada viña y rangos de precios, en aquellos caldos, digo, se expresaban descriptores más allá de los esperados y correspondientes a cada variedad o su tipo de crianza, más que una fruta en particular o una característica expresión floral o especiada. Predominaba una nota que nos hablaba de origen, pero también de algo más intenso y profundo aún, una nota que nos hablaba de identidad y que no necesitaba de un atractivo envoltorio para inundar nuestros paladares, nuestros sentidos.

La expresión de una esencia, de un todo. Recuerdos que me hacen pensar que quizá no es tan descabellada la idea de que para lograr justamente aquello que carecemos, que tanto y tan desesperadamente buscamos o intentamos alcanzar muchas veces a la fuerza, incluso recurriendo a fortuitas circunstancias como el redescubrimiento de una supuestamente extinta variedad para inmediatamente enarbolarla como emblema nacional, o a través de inconsistentes estrategias de marketing fundadas sobre débiles argumentos sin mayores trasfondos, quizá no debemos insistir en el presente o el inmediato futuro, sino saber mirar hacia el pasado, pero el de los orígenes de nuestra vitivinicultura, donde con seguridad hallaremos los factores necesarios con los que, si sabemos conjugarlos con sabiduría, humildad, orgullo y respeto, podremos recrear aquello que permita quitarnos de una vez por todas esos despectivos, pero tan merecidos apelativos, dar así con nuestro tan perdido carácter, con nuestra tan perdida identidad.