Maridajes BARROCOS

Honthorst
Detalle de “Le souper“. G. van Honthorst, 1619.

ossia la cava de Cavieres [parte seconda]

No tenemos suficiente tiempo para escuchar toda la música que deberíamos, para descorchar todas esas etiquetas que pacientemente esperan en la cava su momento oportuno, para releer los mejores pasajes de todos nuestros libros predilectos. Entre el trabajo y con el acelerado ritmo de la ciudad, son pocos los momentos que podemos tomarnos para una adecuada y reposada degustación de tanta lectura, tanto vino y tanta música. Yo, más apremiado de lo que quisiese, voy maridando biografías, cuentos y novelas, musicalizando con armonía cada descorche. Abro El afinador de pianos [Salamandra] de Daniel Mason y releo sus pasajes más musicales. De fondo suenan nocturnos en un piano Érard, el tipo de instrumento que inspiró a Mason para escribir su exitosa novela. Un piano más romántico que clásico. Es un modelo de 1837 el que escucho y sobre el que Bart van Oort posa sus manos para recrear las páginas de Frédéric Kalkbrenner, Clara Schumann, Edmond Weber, Charles-Valentin Alkan, Mikhail Glinka e Ignacy Feliks Dobrzynski, entre otros. Una delicia del sello Brilliant. Escojo otro libro, otro disco. Chopin, de Bernard Gavoty [Vergara] y una gran selección de piezas editadas por el sello Alpha. Arthur Schoonderwoerd y un Pleyel de 1836. Nada como escuchar a Chopin en un piano de época. La sonoridad te transporta, te eleva. Soy un convencido de las interpretaciones con criterios historicistas, para todos los períodos de la música, y ante ese tipo de registros me inclino preferentemente. Esto no es barroco, claro, pero desde allí no cuesta nada retroceder algunas décadas hasta llegar a las resonancias de un pianoforte construido por Silbermann o uno según un modelo Cristofori; disfrutar de algunas sonatas de Domenico Scarlatti o Ludovico Giustini da Pistoia, y descorchar un Cabergnan 2008 de Bodegas RE. Belleza y barroquismo puro que se van expresando poco a poco en la copa. ¡Armonía perfecta! Otro libro, otro éxito: La elegancia del erizo [Seix Barral], de Muriel Barbery. Yo, error grande en el que volví a caer [alguna vez dije nunca más], lo presté, con la previsible y obvia consecuencia… esas páginas nunca más volvieron a mis manos. Pero rescato un pasaje reescrito en alguna de mis libretas de apuntes:“No es sólo bella, es sublime, y lo es por un encadenamiento increíblemente denso de los sonidos, como si los ligara una fuerza invisible y como si, a la vez que se distinguen, se fundieran los unos con los otros, en la frontera de la voz humana, casi en el territorio ya del lamento animal.” ¿No es acaso lo más melómano de la novela? Son las palabras que la profesora de filosofía dedica al Dido y Eneas de Purcell y yo recuerdo las grabaciones de Haïm [Virgin] y la de Jacobs [Harmonia Mundi]. Son complementarias, tanto que si sacamos un poco de aquí y otro poco de allá, armamos un cuadro perfecto. A René Jacobs le cedo la batuta, ni dudarlo, y a Emmanuelle Haïm la relego al continuo desde el clave. Susan Graham canta Dido y Gerald Finley, Eneas. Belinda, Rosemary Joshua. La hechicera queda perfecta en voz de Felicity Palmer y las brujas inigualables con Dominique Visse y de Stephen Wallace. Charles Daniel, el espíritu y Paul Agnew, el marinero. Relleno mi copa de Cabergnan y abro Shakespeare, la invención de lo humano, de Harold Bloom; momento idóneo para algunos ayres de Robert Johnson, Nicholas Lanier y Henry Lawes, en voz de Johannette Zomer y las cuerdas pulsadas de Fred Jacobs. Otra biografía, escrita por Christoph Wolff y reeditada por Ma non troppo, ahora en un solo tomo. Bach, el músico sabio. Divago entre sus páginas y selecciono algunas piezas para el lautenwerk, curioso instrumento que con su encordado de tripa y particular sonoridad engañó a los más hábiles oídos barrocos haciéndoles creer que estaban frente a tañido de una tiorba de grandes dimensiones. Robert Hill y la suite BWV 995, que también tuvo versiones para el cello y el laúd de trece órdenes; Elizabeth Farr y el Preludio, fuga y allegro BWV 998, también la partita BWV 997. Es inevitable, uno siempre vuelve a Bach. Siempre.

Johann Sebastian Bach [1685-1750]
Partita en Do menor [BWV 997] – Preludio

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Elizabeth Farr, lautenwerk
[Naxos, 2008]