Menos es MÁS

menos es más

En esa constante de aletargamiento y pesantez que caracteriza a nuestra industria vitivinícola, cómo se agradecen aquellas sencillas botellas que sin tantos alardes y de la manera más directa posible logran el noble y simple propósito de refrescar nuestros paladares. Vinos amables, de alcoholes prudentes, que se beben con sumo placer y que se acaban tan rápido como así se va descorchando la próxima botella. Es el caso de dos proyectos sureños que en los últimos días han llenado mis copas innumerables veces: un Chardonnay del Itata y un País del Maule. El primer vino nace de un viñedo de secano plantado en 1992 a unos 10 kilómetros al norte de Bulnes, bordeando una ribera del río Larqui. Elaborado por François Massoc para la viña Pandolfi-Price, este Chardonnay, que prescinde de la maloláctica y la crianza en barrica, rememora con elocuencia el frescor de su zona de origen a través de una delicada fruta blanca de elegante madurez y una sutil mineralidad; con una claridad, limpidez y proyección de sus sabores que ya quisieran muchas etiquetas chilenas de mayor renombre. Sus 13,5 grados de alcohol se equilibran maravillosamente con el nervio, la tensión y la punzante acidez con que se expresa en boca. ¡Delicioso! El segundo lo conocí en una de las primeras versiones de los Chanchos Deslenguados. Allí, Luis Villegas ofreció el resultado de su trabajo apenas revestido con una etiqueta de improvisada factura: “Doña Agustina”, de la cauquenina Bodega Los Huinganes. ¿El contenido de aquellas botellas? Solo lo que entregan las viejas parras de País, nada más, cero maquillaje. Vinificado artesanalmente y sin ningún tipo de aditivo o insumo enológico, ni siquiera sulfuroso, con los consabidos riesgos que ello implica. De sutil tonalidad roja, como guinda seca, tal como la fruta que expresa en nariz y boca, de refrescante y ligero recuerdo, jugoso y rústico. Demasiado directo quizá, pero con todo lo necesario para dejarse beber con agrado, copa tras copa, pues sus 12,5 (13, me corrige el enólogo) grados de alcohol apenas se sienten. La belleza de las cosas simples. De cómo se puede llamar la atención sin recurrir a la sobre madurez, sobre extracción, mega concentración, voluptuosidad o abuso indiscriminado de la madera. De cómo “menos” puede llegar a ser más, mucho más.