PINOT NOIR

De aquellos primeros intentos locales, hace casi veinte años, no mucho queda en las actuales botellas de Pinot Noir. Quizá por no disponer de un adecuado material clonal, por ignorancia o simplemente por no saber cómo se comportaría la variedad en nuestros terruños, lo cierto es que hoy los mismos enólogos reconocen los errores cometidos. Carentes de tipicidad, frescor y acidez natural, a esas botellas les sobraba madera, grados de alcohol, extracción y madurez de la fruta. Claramente una variedad mal entendida, mal trabajada, señalan todos.

Hablar de Pinot Noir es referirse a una cepa compleja y delicada, mañosa inclusive. Es absolutamente difícil de complacer, de saber qué quiere o qué necesita y cuándo. Una variedad que demanda una atención y mimos especiales. No le gusta ni mucho ni poco sol; ni mucha ni poca agua. Y además está el tema del terroir, porque no es cosa de plantarla en cualquier parte, como inicialmente se hizo en Chile. El pinot se expresa de diversas maneras según la composición de los suelos y, naturalmente, lo que entrega la fruta de Casablanca no es igual a lo que ofrece la de Leyda, San Antonio, Bío Bío o Limarí. Pero cuando se da con el suelo adecuado, la uva es cosechada justo a tiempo y es bien tratada en las bodegas vinificadoras, el resultado obtenido es fascinante. Más que enfrentarnos a un vino frágil, delicado, femenino, sofisticado o como ustedes quieran tildarlo, el simple hecho de beber una copa de un buen Pinot Noir resulta una experiencia inolvidable. Al menos para mí.

Lento, pero seguro. Luego de todo tipo de cambios radicales, desde técnicos hasta humanos, y una vez que mejoró la mano de los enólogos, se exploraron nuevos terruños y los nuevos clones importados se han adaptado a los “nuevos” suelos, el panorama local ha cambiado favorablemente. Aún es indefinido, disparejo, es cierto, pero ya se puede acceder a algunos buenísimos ejemplos de pinot que marcan las nuevas tendencias. Vinos más equilibrados, que hacen gala de una firme estructura, frescor, acidez y profundidad en boca.

De todo lo disponible hoy en nuestro mercado, personalmente me quedo con no más de seis o siete etiquetas. Y dos de ellas, quizá las más extremas, me resultan absolutamente imprescindibles. Y por extremos me refiero a su lugar de procedencia: una botella es del Valle del Limarí, cuarta región; la otra, del Valle de Malleco, novena región. Dos vinos “opuestos” que nos hablan de sentido de origen, que nos ofrecen una identidad clara, eso que tanto bien le hace a nuestra industria.

Aquitania Sol de Sol Pinot Noir 2009, Valle de Malleco
De Traiguén, el mismo sector donde surge el célebre chardonnay Sol de Sol, este pinot es la tercera versión que nace de aquellas parras plantadas el 2003. Con un mínimo porcentaje de barrica nueva en su crianza, su tonalidad va por el lado de la guinda, pero algo más profunda y oscura. En nariz se muestra generoso en aromas a fruta negra y roja, con un fondo a hojas húmedas, tierra mojada y algo de humo. En boca es tenso, fresco y nos ofrece un sutil dulzor, pero por sobre todo eso, y a medida que se va abriendo, aflora una expresión que no se me ocurre tildarla de otra manera más que de sureña. Con un retrogusto largo, frutoso y con una delicada mineralidad, Sol de Sol es un vino complejo y sumamente elegante.

Tabalí Talinay Salala Vineyard Pinor Noir 2009, Valle del Limarí
Un pinot que proviene de viñedos situados a pocos kilómetros del mar, que colindan con el parque nacional Fray Jorge y que se caracterizan por sus inusuales suelos calcáreos. De bello color guinda, este vino nos entrega en nariz notas a frutos rojos ácidos y un toque bien terroso. En boca se percibe inmediatamente esa directa relación con su origen y aflora su inmenso carácter mineral, filoso, que es su principal característica. Acompaña siempre un agradable frescor junto a una grata acidez, una barrica muy bien integrada y un marcado retrogusto salino. Un pinot sofisticado y sumamente bien logrado.

[fotografía por Pablo González R.]