Refrescante pasado

Un simple ejercicio. Elijan un disco con una selección de algunos célebres conciertos barrocos, pero aquellos interpretados por esas orquestas ligadas a los repertorios más tradicionales, o sea, versiones con plantilla orquestal bien recargada, mucha cuerda, bronce y madera con llaves y pistones, inflexiones pesantes y harto efectismo. ¿Cuántas pasadas le pueden dar a ese ladrillo musical en su reproductor de discos antes de cambiar de cedé?

Ahora, escojan una botella de esos tintos bien finos y costosos, que indistintamente de la cepa con la que esté hecho el vino de su interior, su fruta se siente bien madura y con una evidente sobre extracción, y al cual, en parte para justificar su valor en el mercado, lo han regaloneado con una considerable crianza en barrica nueva bien tostada durante largos período. ¿Qué les parece? ¿Cuántas copas pueden beber antes de dejar de lado la botella y pasar a otra cosa?

Yo, he de confesarlo, no resisto cinco segundos de esas lecturas musicales absolutamente fuera de estilo así como ya no aguanto beber una copa entera de un vino sobre maquillado. ¿Gusto adquirido? ¿Educación del paladar y del oído? ¿Esnobismo? Lo que sea, pero de lo que sí estoy seguro es que he aprendido a apreciar estos placeres desde otra perspectiva.

Con la música fue luego de conocer el trabajo de un grupo de instrumentistas y musicólogos, principalmente holandeses y belgas, quienes hace no más de cuarenta años atrás comprenden lo nefasto de enfrentar diversos repertorios y aplicarles los mismos criterios interpretativos por igual. Verdaderos traductores musicales, hacen escuela y dan forma a las interpretaciones históricamente informadas, las llamadas versiones HIP, que apegadas a los criterios estéticos correspondientes a cada período musical y ciñéndose a lo que realmente señalan las partituras, ni más ni menos, borran esa anacrónica y pesante pátina decimonónica tan habitual de sentir en los denominados repertorios “antiguos” en manos de músicos poco escrupulosos.

Con el vino, gracias a haber podido probar distintas etiquetas de autor, vinos naturales, de terroir, como quieran llamarlos, pero botellas más honestas al fin y al cabo. ¿Nombres? Varios, pero por ahora estoy fascinado con el trabajo de Louis-Antoine Luyt, que como es bien sabido, tomó inicialmente a la tan vilipendiada cepa País, esa variedad traída por los españoles a nuestras tierras en tiempos de la conquista, para reivindicarla y tratarla como si el objetivo fuese hacer un Beaujolais. Luyt, sin mayores pretensiones quizá que la de hacer las cosas de manera simple y bien, deja que sus vinos maulinos se hagan prácticamente solos, recurriendo a las maceraciones carbónicas y evitando todo elemento ajeno al propio vino.

Su País de Quenehuao 2010 representa todo lo que uno puede esperar de la cepa, pero en una versión sumamente directa y bien trabajada. Pura fruta negra jugosa, fresca y de gran acidez. Un vino que atrapa rápidamente con su sorprendente facilidad de beberse. La botella no dura mucho, a pesar de esos aromas bien rústicos, a veces con marcadísimas notas a acetona, que quizá al comienzo te pueden golpear algo fuerte. Es cosa de acostumbrarse, pillarle el lado amable (que sí que lo tiene) a este vino. Beberlo algo más frío de lo que habitualmente haríamos con un tinto, eso como principio. Luego, darle el tiempo necesario para que se exprese adecuadamente en la copa, para finalmente dejarse llevar por sus sabores terrosos, rústicos y frescos.

Pero Luyt no sólo trabaja con País. Cauquenes Tinto Chileno Carignan 2010, de la zona de Sauzal, ofrece una inusual mirada de esta cepa tan ligada al Valle del Maule, algo más agreste y fresca. Con notas a cereza y guida ácida, también sobresalen inmediatamente esos acentos campestres, atractivos en nariz y sabrosos en boca, que nos remiten a su zona de origen. Pero antes que todo eso, predominan las notas florales. Este carignan es rústico por dónde se lo mire, con una acidez muy expresiva y unos importantes taninos que se encargan de perfilar su deliciosa textura. Un vino que se me hace tan arriesgado como el mismo Luyt  o como aquellos músicos neerlandeses, quienes se pasean por esos pasados tantas veces visitados con tal soltura y aplicando una mirada tan crítica a su trabajo que no nos queda más que rendirnos embelesados con el refrescante y excepcional resultado final.

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Carl Philipp Emmanuel Bach (1714-1788) – Allegro del Trio en Si Bemol Mayor Wq 161/2
Sonatas for Flute and Fortepiano
Wilbert Hazelzet, flauta traversa
Jacques Ogg, pianoforte
Channel Classics, 1990

[fotografía por Pablo González R.]